El asombro como puerta y como morada
En la Atenas antigua, un joven estudiante llamado Teeteto se queda desconcertado ante un problema de matemáticas. Frente a él está Sócrates. El muchacho casi se avergüenza del aturdimiento en el que ha caído. Pero Sócrates sonríe y le dice algo que no esperaba: «Esa sensación, ese asombro, es muy propia de un filósofo. Porque la filosofía no tiene otro origen que este.»
Platón cuenta la escena en el Teeteto y añade después un mito hermoso: la hija de Taumante, el dios del asombro, es Iris, la diosa del arcoíris. Es decir, el desconcierto es exactamente aquello que tiende un puente entre la tierra y el cielo. La curiosidad es ese arco de colores que ata al ser humano a una realidad superior.
Casi todas las tradiciones de pensamiento ensalzan la curiosidad. Pero en la pregunta «¿para qué sirve el asombro?» los caminos se bifurcan, y la bifurcación es mucho más honda de lo que parece. En estas páginas se encuentran la filosofía griega antigua y la tradición sufí del islam. Ambas consagran el asombro. Y lo empujan en direcciones diametralmente opuestas.
El asombro que es puerta
Aristóteles abre la Metafísica con una frase que se ha repetido durante veintitrés siglos: todos los hombres desean por naturaleza saber. Lo que enciende la mecha de ese deseo es el thaumazein: el asombro, el sobresalto, ese quedarse clavado ante algo preguntando «¿cómo es esto posible?». El thaumazein no es simple curiosidad. Es una admiración anterior a las palabras. Es enmudecer ante el hecho de que el ser sea.
Todo el método de Sócrates descansa sobre esa sensación. Recorre las plazas de Atenas y hace preguntas. Lleva a los hombres seguros de sí mismos hasta un punto en el que acaban diciendo: «En realidad, yo no sabía esto.» Justo ahí, en ese instante incómodo de perplejidad, empieza el pensamiento verdadero.
En la mentalidad griega el asombro es una puerta. Crea un umbral que te detiene en el camino y que, al mismo tiempo, te pide que lo cruces. No puedes quedarte a vivir dentro. Tienes que atravesarlo y caminar hacia la respuesta.
Visto así, para el griego el asombro es un comienzo, nunca una llegada. El desconcierto vale porque te pone en movimiento, te hace preguntar, te empuja a investigar. Es como una chispa. Es bella, pero su razón de ser es encender un fuego. Quedarse congelado en la chispa misma equivale, para la mente griega, a interrumpir el pensamiento a la mitad.
Las consecuencias de esa mirada fueron enormes. Que un niño pregunte por qué el cielo es azul y que un científico estudie las longitudes de onda de la luz son los dos extremos del mismo impulso. La tradición griega se tomó ese impulso en serio y lo convirtió en un método: observa, cuestiona, demuestra, vuelve a preguntar. Tales cayendo en un pozo por mirar las estrellas, Arquímedes gritando en la bañera, son escenas distintas del mismo asombro. Aquí la curiosidad deja de ser una emoción y se vuelve una disciplina. Y esa disciplina acaba siendo el cimiento de toda la ciencia occidental.
Conviene añadir, sin embargo, que el pensamiento occidental no siempre vio el asombro como una puerta. Siglos después, Wittgenstein consideraría la pregunta más honda de la vida el estupor ante el hecho de que exista algo en lugar de nada. Heidegger lo llamó lo extraordinario de lo más ordinario. Es el asombro no ante el azul del cielo, sino ante su mera existencia. No es una curiosidad que corre hacia la respuesta; es, igual que la del sufí, un asombro que se queda de pie ante el ser. Lo que se tomaba por puerta resulta a veces no ser un umbral, sino una ventana.
El asombro que es morada
En la tradición sufí del islam, el asombro es algo completamente distinto. No es el principio del camino, sino quizá su final; incluso, quizá, algo más allá del final. El viaje sufí tiene estaciones, maqamat, las paradas por las que atraviesa el alma. Llega el arrepentimiento, llega la paciencia, llega el amor, llega el éxtasis. Pero la hayra, el asombro, se instala por encima de todas ellas, en lo más alto. No es la chispa inicial, sino el punto más elevado al que se puede llegar.
Cuando Rumi intenta explicarlo, descubre que las palabras no le alcanzan y repite: asombro, asombro, asombro de mi asombro. La repetición no es un tropiezo del habla. Es la confesión honesta de que el término no aguanta el peso que debería llevar. En el instante del asombro, la persona deja de preguntarse quién soy, porque en ese momento se disuelven a la vez el que pregunta y la respuesta. Los dos se funden en una sola cosa. Y según esta tradición, si puedes contar ese estado con palabras cómodas, es que todavía no lo has vivido de verdad.
Hay una plegaria que la tradición atribuye a Ibn Arabi, nacido en Murcia y formado entre huertas andalusíes antes de partir hacia Oriente: Señor, auméntame el asombro en Ti. No es una fórmula de humildad cortés. Es una petición literal. Donde otro pediría claridad, él pide más vértigo, porque el vértigo es la prueba de que se está cerca.
El ejemplo más impresionante de esta actitud es quizá al-Ghazali. El hombre que enseñaba a cientos de alumnos en la madrasa más prestigiosa de Bagdad, el razonador más brillante de su época, cae a los treinta y seis años en una crisis profunda. Según su propio relato, un día se le traba la lengua y ya no puede dar clase. Abandona la cátedra, la fama y la fortuna, y se echa al camino como derviche pobre. La conclusión a la que llegó fue esta: el conocimiento más cierto no viene del razonamiento, sino del gusto. El sabor de la miel no cabe en una definición; hay que probarlo. Y Dios, para él, era así: no una proposición que demostrar, sino una verdad que saborear.
El asombro sufí no vive la falta de respuesta como una pérdida, sino como un encuentro. Imaginemos a alguien que persigue sus preguntas durante años y encuentra detrás de cada respuesta una pregunta nueva, hasta llegar a un punto en el que el propio acto de preguntar se disuelve dentro de lo preguntado. Para el griego eso es un callejón sin salida. Para el sufí es el destino. Las dos tradiciones se detienen al borde del mismo abismo, pero una retrocede y trata de construir un puente, y la otra abre los brazos y se deja caer en el vacío. Y lo curioso es que ambas cosechan de ese gesto una forma de paz: una, la paz de comprender; la otra, la paz de entregarse.
Puestas una junto a otra, las dos tradiciones dejan una pregunta en el aire: ¿cómo puede el mismo sentimiento desembocar en lugares tan opuestos? La respuesta está en la confianza que cada una deposita en la razón y en el lenguaje. El pensamiento griego confía en el logos, que es a la vez razón y palabra. La curiosidad inicia una conversación; la filosofía es la lógica nacida del asombro. La vía sufí, en cambio, aspira a rebasar el límite de la razón y del idioma. Para ella el asombro cobra sentido justo donde se acaba el habla. No se trata de una preferencia cultural caprichosa. La distancia entre ambas es una diferencia de fe honda sobre hasta dónde puede la razón acercarse a Dios. Para el griego lo divino es aprehensible por el intelecto; para el sufí el intelecto es una frontera que en algún tramo del camino hay que dejar atrás.
Las dos posturas llegaron a mirarse a la cara, y sucedió en Córdoba. Ibn Arabi cuenta que, siendo casi un adolescente, lo llevaron ante Averroes, el gran comentarista de Aristóteles, el hombre que había dedicado su vida a demostrar que la razón alcanza lo más alto. El filósofo le preguntó si lo que se recibe en el retiro coincide con lo que da el razonamiento. El joven respondió sí, y después no. Y cuentan que Averroes palideció. Dos maneras de estar ante el misterio compartieron habitación durante unos minutos, en la misma ciudad, en el mismo siglo, y no consiguieron pasar la una a la otra.
Lo interesante es que convertir el no saber en sabiduría no fue cosa exclusiva de Oriente. El Occidente medieval también tenía un nombre para ello: docta ignorantia, la docta ignorancia. Nicolás de Cusa lo explicó con una geometría preciosa: un polígono inscrito en un círculo. Por mucho que multipliques sus lados, el polígono se acerca al círculo y jamás llega a serlo. Nuestra razón es ese polígono; la verdad es el círculo. La mayor sabiduría consiste en reconocer esa distancia con honestidad.
Un siglo después, un fraile castellano escribiría esa misma distancia en verso, sin ninguna geometría: entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo. San Juan de la Cruz no describe un fracaso del entendimiento. Describe un lugar donde se llega. La chispa y la morada, al final, se hacen preguntas parecidas desde orillas distintas del mismo mar.
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