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Gratitud: el hau maorí frente a Séneca

Paralaje·26 de julio de 2026·7 min de lectura

Los maoríes, el pueblo originario de Nueva Zelanda, tienen un proverbio hermoso: «Mi fuerza no es la de uno solo, sino la de muchos» (Ēhara tāku toa i te toa takitahi, engari he toa takitini).

En esa sola frase cabe una idea entera de la gratitud. Porque para este pueblo agradecer no es una emoción que empieza y termina dentro de una persona. Es una energía invisible que circula entre la gente, los objetos, los antepasados y la naturaleza.

En esos mismos siglos, en el otro extremo del mundo, un filósofo romano defendía justo lo contrario: la gratitud era un acto enteramente interior, algo que el individuo hacía con su propia alma.

A primera vista la gratitud es un lugar común: da las gracias, sé feliz, sigue adelante. Pero al bajar a las raíces aparecen dos mundos muy distintos. En estas páginas se encuentran la tradición maorí de Aotearoa–Nueva Zelanda y Séneca, una de las plumas más afiladas de la Roma antigua.

El espíritu que viaja dentro del regalo

La lengua maorí guarda la gratitud dentro de dos palabras: aroha y hau. En aroha hay escondido un pequeño mapa. Aro significa dirigir la atención hacia alguien; ha es el aliento de vida. Así que el fondo de aroha es volver el propio aliento hacia otro. Eso es bastante más grande que un «gracias»: es el vínculo mismo.

Hau es mucho más enigmático. Es el espíritu que un regalo lleva dentro. Cuando un artesano maorí fabrica un objeto y ese objeto cambia de manos, el hau del artesano viaja con él. Si quien lo recibe no devuelve ese espíritu al circuito, si no responde con otro bien, un equilibrio se rompe; según la tradición, eso puede traer daños graves, incluso la muerte, a quien se queda con lo recibido.

Cuando el sociólogo francés Marcel Mauss se topó con este concepto en 1925, Occidente se tambaleó: ningún regalo era realmente «gratis». Dentro de lo que se entrega hay una fuerza que quiere volver.

Lo interesante es que ese vínculo se puede rastrear en lenguas muy alejadas entre sí. En hebreo, la expresión para estar agradecido es asir todah, literalmente «prisionero de la gratitud». Asir significa preso, y su raíz remite al verbo atar, apresar. El hebreo intuyó lo mismo que el maorí: cuando recibes un bien, quedas amarrado a él con un hilo invisible. Un primo lejano del hau dice la misma verdad con otras palabras en el otro extremo del Mediterráneo.

El castellano conserva ese gesto en una fórmula hoy anticuada: quedo obligado. Obligar viene de ob-ligare, atar; dar las gracias era admitir que algo te había amarrado. Y en los Andes el ayni nombra un trabajo que se devuelve: quien recibe una jornada de ayuda queda comprometido a darla, y la comunidad entera se sostiene sobre esa deuda que nunca termina de saldarse.

En la sociedad maorí esta manera de entender el mundo toma una forma muy concreta. A los objetos más valiosos se les llama taonga: tesoros que pasan de generación en generación y llevan dentro el espíritu de los antepasados. Un taonga no es una cosa, sino un lazo vivo, la memoria de un linaje. Cuando una pieza de jade o una capa tejida a mano cambia de manos, no se mueve solo un objeto: se mueve toda una red de relaciones. Por eso dar y recibir nunca es, en el mundo maorí, un intercambio cerrado entre dos personas; siempre se extiende hacia una comunidad más amplia, hacia el pasado y hacia el futuro. Un regalo es la pequeña ola de un río que corre en los dos sentidos del tiempo.

En ese sentido, la idea del hau saca las relaciones humanas del libro de contabilidad y las convierte en un ecosistema vivo. Cuando recibes un bien no puedes decir «ya di las gracias, asunto cerrado». Porque dentro de lo que recibiste sigue respirando la energía de quien te lo dio. Esa energía quiere volver, igual que el río quiere volver al mar. Aquí la gratitud no es una cortesía, sino una pieza del funcionamiento del universo. Y eso carga a la persona con una responsabilidad muy particular: no solo devuelves lo que recibiste, también lo llevas hacia un tercero. Así el bien no se detiene, fluye; cada mano lo agranda un poco.

El beneficio como asunto del alma

En la Roma antigua, Séneca se acercó al mismo sentimiento desde la dirección contraria. Nacido en la Córdoba romana y convertido con los años en el hombre más influyente junto al trono de Nerón, dedicó siete libros al asunto: De beneficiis, Sobre los beneficios, el texto filosófico más extenso que la Antigüedad consagró a la gratitud. Para Séneca la ingratitud no era una descortesía cualquiera; era casi la madre de todos los males, porque rompía la cadena del bien.

Pero la idea verdaderamente sorprendente es otra: según Séneca, el beneficio principal de agradecer va para quien agradece. No das las gracias para premiar al otro, sino para trabajar tu propia alma. Es una ética profundamente individualista y, al mismo tiempo, liberadora. Porque tiene una consecuencia notable: aunque la persona que te hizo el bien muera, aunque te abandone, la gratitud sigue alimentando algo dentro de ti. En sus palabras, un beneficio no es la cosa entregada, sino la intención que la puso en marcha.

Para los estoicos esto no era teoría abstracta sino práctica diaria. Basta abrir el primer libro de las Meditaciones del emperador Marco Aurelio: de principio a fin es una lista de lo que debe a las personas de su vida. Agradece una por una la sencillez que aprendió de su madre, la paciencia que le enseñaron sus maestros, los ejemplos que le dieron sus amigos. El hombre más poderoso de Roma empezaba el día contando sus deudas. Para los estoicos la gratitud no era una emoción que aparece de vez en cuando, sino un ejercicio mental repetido cada mañana y cada noche: la disciplina de notar lo que ya se tiene. La moda contemporánea del diario de gratitud está redescubriendo, sin saberlo, una costumbre de dos mil años.

Aquí hay, eso sí, una distinción fina. Séneca vuelve la gratitud hacia dentro, pero nunca la deja sin destinatario: para él, un agradecimiento que no se dirige a alguien ni siquiera merece ese nombre. El diario de gratitud moderno suele perder precisamente al destinatario. Cuando escribimos «agradezco mi salud» o «agradezco que no haya llovido», expresamos más bien una satisfacción. Una gratitud que no debe nada a nadie sería, a ojos de Séneca, una gratitud a medias.

Al poner las dos tradiciones una al lado de la otra me queda una pregunta: ¿cómo es posible que dos caminos tan opuestos lleguen al mismo sitio? El maorí ni siquiera arranca de la separación entre «yo» y «tú»; la comunidad, los antepasados y la naturaleza forman una sola red, sostenida por lo que llaman whanaungatanga, el lazo que nos mantiene juntos.

El estoicismo, en cambio, arranca del orden interior del individuo: lo de fuera no se controla, lo de dentro se puede perfeccionar. Uno abre la gratitud hacia afuera, hacia un circuito cósmico; el otro la encierra hacia adentro, en el taller del alma. Y sin embargo los dos terminan diciendo lo mismo: la gratitud es productiva, te hace crecer.

La sabiduría de ambas gratitudes

Lo brillante de la mirada maorí es que saca la gratitud del terreno del sentimiento y la convierte en una fuerza objetiva.

El hau funciona como una ley física invisible que ata a las personas. El bien recibido quiere volver porque lleva dentro la energía de quien lo dio. Ese pensamiento convierte al ser humano en el nudo de un intercambio enorme, no en un individuo aislado. Nadie está realmente solo: todos llevamos el hau de alguien y todos se lo pasamos a alguien.

Lo impresionante de la mirada de Séneca es que hace la gratitud independiente de las circunstancias.

No hace falta esperar respuesta para agradecer, porque el agradecimiento ya te cambia. Eso apoya un sentimiento frágil sobre un suelo firme. Aunque nadie vea tu gracias, aunque nadie te devuelva nada, agradecer te deja ganando.

Una perspectiva muestra que la gratitud nos ata a los demás; la otra, que nos reconcilia con nosotros mismos. Quien logra sostener las dos a la vez queda más unido y más libre al mismo tiempo.

Quizá lo que Séneca contó en siete libros enteros era, en el fondo, la simple verdad de que el hau quiere volver. Séneca solo lo consideró individual en lugar de cósmico. Y la gratitud, por la puerta que entres, siempre acaba llevándote a una riqueza que crece cuanto más se reparte.

Escrito por S.K.C. el 24 de junio de 2026 en Viena.
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