Por qué un gobierno teme la generosidad
Si quieres entender a una sociedad, fíjate en aquello que considera un delito.
En 1885, Canadá declaró ilegal una ceremonia. No se trataba de un asesinato ni de un robo: tenía que ver con la generosidad.
En esa ceremonia, llamada potlatch, los pueblos originarios del noroeste de Norteamérica repartían todo lo que poseían, y el Estado lo consideró peligroso. La prohibición se mantuvo en pie durante sesenta y seis años, hasta 1951. Visto en retrospectiva, la pregunta es inevitable: ¿por qué un gobierno llega a temer que alguien regale lo suyo?
Todo el mundo hace regalos. Pero la respuesta a la pregunta “¿por qué regalas?” delata lo que una sociedad piensa, en silencio, sobre el poder, la riqueza y los vínculos entre las personas.
Para unos, dar es una exhibición; para otros, una deuda; para otros más, un acto de puro afecto. Bajo un mismo gesto pueden latir significados muy distintos.
Hoy pondremos frente a frente dos maneras de dar: la tradición del potlatch en la costa del Pacífico de Norteamérica y la idea del regalo tal como la moldeó la lógica de mercado del Occidente moderno.
El líder que crece al dar
En la ceremonia del potlatch, el jefe de una tribu se pone de pie y reparte cuanto tiene: mantas, placas de cobre, aperos de caza, a veces canoas. La regla es sencilla, aunque estremece: cuanto más das, más respeto ganas.
Esta ceremonia se mantuvo durante siglos entre los pueblos de la costa noroeste de Norteamérica, en la franja que va de Haida Gwaii a la isla de Vancouver.
En el mundo de aquellos pueblos, la memoria de la comunidad guardaba a “los que daban”, no a “los que acumulaban”.
Bajo esa idea latía una intuición que funcionaba como una ley natural: la riqueza existe para fluir hacia la comunidad, y si no fluye, se pudre. Piensa en el agua: la que corre es limpia, la que se estanca huele mal. La tradición del potlatch veía la riqueza exactamente así. El valor de una persona no se medía por lo que retenía en las manos, sino por lo que dejaba pasar a través de ellas.
En algunos potlatch, esta lógica llegaba a su extremo. Los jefes no se limitaban a dar: destruían su riqueza de manera ostentosa. Rompían placas de cobre valiosas, arrojaban mantas al fuego, incluso vertían aceite al mar.
A ojos modernos, esto parece una locura; pero en aquella cultura llevaba un mensaje: “Tan poco necesito estas cosas que hasta puedo quemarlas”. La forma más alta de dominar la riqueza era no necesitarla en absoluto. Dos jefes rivales entraban a veces en una especie de “duelo de generosidad”, y cada uno intentaba imponerse repartiendo más que el otro. Aquí el poder no se medía por acumular, sino por la capacidad de desprenderse.
La primera vez que leí sobre esto, caí en la cuenta de algo: esta ceremonia es, en realidad, una máquina invisible de redistribución. El jefe que en un buen año gana mucho devuelve esa ganancia a la comunidad a través del rito. Nadie quedaba demasiado pobre, nadie demasiado rico. Aquello que los Estados modernos intentan lograr con impuestos y ayudas sociales, estos pueblos lo habían convertido en una ceremonia de honor. Y no era un sistema económico frío: nacimientos, matrimonios y muertes se marcaban siempre con un potlatch. Dar era, al mismo tiempo, la manera de mantener viva la memoria colectiva.
El regalo que crea deuda
En el Occidente moderno, el regalo habla otro idioma. Los regalos de cumpleaños, los paquetes de fin de año, las listas de boda: todos son parte de un fino intercambio social. El sociólogo francés Marcel Mauss lo analizó en su “Ensayo sobre el don”, escrito en 1925. Según él, dentro de cada regalo va una parte del que lo entrega, una especie de alma; por eso te sientes obligado a corresponder.
La economía del regalo en Occidente descansa justamente sobre esta deuda de reciprocidad. Cuando alguien te da algo demasiado caro, algo que no puedes devolver, te incomodas. Y la razón no es la cortesía, sino la deuda: has quedado bajo una obligación que no puedes saldar. El regalo, aquí, teje un vínculo, pero al mismo tiempo instala un callado equilibrio de poder. El que da ha dado un paso al frente.
Esta lógica de la deuda se ve por todas partes en la vida moderna. Cuando se acercan las fiestas, millones de personas caen en el apuro del “¿qué le compro?”, casi siempre no por deseo, sino por el deber de corresponder. Aunque no nos guste el regalo que recibimos, sonreímos; volver a regalar a otro un obsequio que no usamos se oculta como si fuera un pequeño delito. Incluso ajustamos con cuidado el precio del regalo: ni tan caro que deje al otro en deuda, ni tan barato que lo haga sentir despreciado.
Hay un momento en que sorprendí esa incomodidad en su forma más desnuda, en mí mismo. Le había hecho un pequeño gesto de agradecimiento a alguien que había hecho un trabajo para mí; a cambio, me tendió algo pequeño que yo no esperaba. Lo lógico habría sido aceptarlo y decir “gracias”. Pero algo dentro de mí se inquietó: no soporté cargar con aquel hilo suelto sin haberlo devuelto, así que hice un pago de más y dije “estamos en paz”. Después me reí de mí mismo: critico la lógica del regalo que crea deuda, y sin embargo soy alguien que vive de lleno dentro de ella. Tanto como saber dar, poder digerir el recibir sin dar nada a cambio pide otra clase de madurez.
En el potlatch, el objetivo era dar lo máximo posible; en el Occidente moderno, el objetivo suele ser “mantener el equilibrio”.
En el origen de esta diferencia hay dos maneras distintas de entender la propiedad. En Occidente, la riqueza pertenece al individuo; obtenerla, aumentarla y protegerla es un poder legítimo. En la tradición del potlatch, en cambio, la riqueza que no fluye hacia la comunidad carece de sentido. La ética protestante del trabajo ha reproducido sin cesar la tensión entre “ganar” y “acumular”. Ni siquiera la filantropía resuelve esa tensión; a lo sumo la enmarca como una excepción que se premia.
El regalo moderno convierte el objeto en portador de un significado personal. Una flor, una carta escrita a mano, un pequeño objeto elegido con esmero: todos transmiten el mensaje de “tú eres especial”.
En el potlatch se da para la comunidad, pero a modo de dádiva; en el mundo moderno se da para establecer o sostener un vínculo. Uno reparte riqueza, el otro ata corazones.
Si un gobierno teme la generosidad, lo que teme en el fondo no es la generosidad en sí, sino otra idea del poder que late debajo de ella. Quien da afianza su poder o su posición, material o moralmente.
Occidente logró convertir el regalo en un hilo invisible tendido entre dos personas. El primer zapatito que una madre guarda de su hijo, la nota escrita dentro del libro que un amigo te regaló hace años… Los regalos reforzados por recuerdos así no tienen valor monetario, pero son invaluables. Hasta el objeto más pequeño, cuando sale de las manos adecuadas, se vuelve prueba tangible de un cariño. Ya lo advertía Séneca en “Sobre los beneficios”: lo que importa no es lo que se da, sino el ánimo con que se da.
Es decir, poder dar con generosidad, sin echar cuentas, y a la vez poner en aquello que damos un significado propio para esa persona: quizá eso sea lo que hace único a un regalo. Hoy, la mayoría de las veces, por las prisas de la vida le ponemos precio al regalo y no lo tomamos suficientemente en serio. A veces hasta una tarjeta de regalo puede convertirse en el regalo mismo.
No nos hace generosos lo que poseemos, sino el poder darle o no una parte de nosotros, material o moral, a quien tenemos enfrente. En cualquier caso, la idea de que es posible un mundo sostenido sobre el compartir me resulta esperanzadora…
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