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Oriente × Occidente

¿Se puede vender la tierra? Los lakota frente a Occidente

Paralaje·18 de julio de 2026·8 min de lectura

“¿Se puede vender la tierra? ¿Se puede vender el cielo?” La pregunta es de Toro Sentado, el líder lakota. No era un eslogan: era una pregunta de verdad. Y dentro de ella se escondía otra mucho más honda. Para poseer algo, ¿no hace falta antes aceptar que ese algo es una cosa? Toro Sentado no miraba así el suelo que pisaba. Para él la tierra no era una mercancía, sino un pariente.

Lo que entendemos por “tierra” cambia por completo de una cultura a otra. Para unos es un número en el registro de la propiedad. Para otros es un ser vivo por el que caminaron sus antepasados. La tierra está debajo de todos los que vivimos y encima de todos los que se fueron.

La madre que no se vende

En lengua lakota hay una oración: “Mitákuye Oyásʼiŋ”, que significa “todos somos parientes”. No se dice solo de las personas. La tierra, el río, la montaña, el lobo, el águila: todos entran en esa red de parentesco. Para los lakota, Paha Sapa —las Colinas Negras— es algo parecido a un antepasado sagrado. Un ser vivo donde habitan los espíritus, al que se reza y al que se habla. A tu madre no la vendes; a Paha Sapa tampoco.

En 1868, el Tratado de Fort Laramie garantizó esas tierras a los lakota para siempre. Después se encontró oro en las Colinas Negras. El tratado se rompió unilateralmente y el territorio fue arrebatado. Pero lo más asombroso de la historia llegó mucho más tarde. En 1980, el Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminó que la tierra había sido tomada injustamente y concedió a los lakota una indemnización que, con intereses, superaba los diecisiete millones de dólares. Los lakota se negaron a cobrarla. Se negaron porque aceptar el dinero significaba renunciar para siempre a la reclamación del territorio. Esa cuenta supera hoy los mil millones de dólares y sigue intacta en el Tesoro.

Esta mirada no era exclusiva de los lakota; era una intuición compartida por los pueblos originarios del continente. Otra frase célebre se atribuye a Seattle, jefe suquamish: “¿Cómo se puede comprar o vender el calor del cielo? La idea nos resulta extraña.” Para estos pueblos la tierra no era una propiedad, sino una relación. Un todo vivo donde se enterraba a los abuelos, donde nacían los hijos, donde pastaba el bisonte. En las Grandes Llanuras, las manadas y el suelo formaban un mismo tejido; destruir una era matar el otro. De hecho, el exterminio del bisonte por parte de Occidente no apuntaba solo a un animal, sino a toda una forma de vida.

Y esa destrucción no fue un accidente, sino una estrategia deliberada. Se le atribuye al general Sheridan la idea de que la vía más rápida para someter a los pueblos indígenas era reducir el bisonte hasta el hambre (no está documentado que esas palabras las pronunciara el general Sheridan; la afirmación procede de un libro de memorias de 1907). El ejército llegó a repartir munición gratuita entre los cazadores. En unas llanuras por donde circulaban millones de animales, a comienzos del siglo XX quedaban apenas unos cientos. Para quedarse con la tierra, primero le habían disparado al corazón.

Aquí conviene detenerse: decir “no” a mil millones de dólares. Al oírlo, cuesta creerlo. Pero el asunto no es el dinero. Para los lakota, cobrar esa cantidad equivale a admitir que tu madre tiene precio. Hay cosas sobre las que la pregunta “¿cuánto vale?” ya lleva dentro la ofensa. Y quizá ese rechazo le plantea al mundo moderno una pregunta silenciosa y demoledora: en una época que da por hecho que todo tiene un precio, ¿queda alguien que recuerde que hay cosas que no se venden?

De quien es el trabajo, suya es la tierra

En Occidente, la historia moderna de la tierra empieza con un filósofo: John Locke y su teoría del trabajo. En el siglo XVII sostuvo que, si mezclas tu esfuerzo con un terreno —si lo siembras, lo labras, construyes sobre él—, ese terreno pasa a ser tuyo. Esa teoría puso los cimientos del derecho de propiedad y hoy está incrustada en el núcleo de casi todos los sistemas jurídicos. La teología cristiana acompañaba el argumento: en el Génesis se le había dicho al hombre que sometiera la tierra.

Después llegó otra doctrina: terra nullius, el principio de la “tierra de nadie”. Si una comunidad no trabajaba el suelo de la manera que Occidente reconocía —sin cercarlo, sin inscribirlo en un registro—, ese suelo se consideraba sin dueño y podía ocuparse. Así, territorios habitados durante milenios cambiaron de manos de forma “legal” sobre el papel. Eso fue lo trágico para el pueblo de Toro Sentado: el respeto que sentían por la tierra era precisamente lo que, a ojos de Occidente, la hacía parecer vacía. La discusión ya se había abierto en Valladolid a mediados del siglo XVI, cuando Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda debatieron ante una junta de teólogos qué eran realmente los habitantes de América y con qué derecho se tomaban sus tierras. Que aquel debate se celebrara no detuvo la conquista, pero dejó constancia de que la justificación jurídica nunca fue evidente ni unánime.

Lo curioso es que esta lógica se ensayó primero dentro de la propia Europa. En Inglaterra, el movimiento de los cercamientos convirtió en propiedad privada pastos comunales abiertos durante siglos, y los campesinos fueron expulsados de las tierras que venían usando. En la península ocurrió algo parecido con las desamortizaciones del siglo XIX, cuando montes y bienes comunales de los concejos salieron a subasta y el vecino que llevaba generaciones llevando allí su ganado se quedó sin derecho a hacerlo. La dehesa, ese equilibrio antiguo entre encina, ganado y comunidad, sobrevivió donde el reparto lo permitió y se deshizo donde no. Es decir: la idea de convertir la tierra en mercancía se probó con los pobres de Europa antes que en las colonias.

Aquel giro fue extraordinariamente productivo: abrió la puerta al capitalismo moderno, a la agricultura intensiva y a la industria. Pero detrás de cada cerca quedó también la historia de los pies que antes pisaban allí libremente. Cervantes había puesto esa misma nostalgia en boca de don Quijote, cuando le habla a los cabreros de aquella edad dichosa en la que “no se conocían estas dos palabras de tuyo y mío”. La propiedad trajo seguridad; también fundó un mundo nuevo que dice “esto es mío y tú no entras”.

Al poner las dos perspectivas una al lado de la otra, me surge esta duda: la diferencia no está en el derecho, sino en la pregunta “¿qué es lo que existe ahí?”. Para los lakota, la tierra vive, siente y se relaciona: es un sujeto. Para Occidente, se mide, se divide y se posee: es un objeto. Una mirada ve al ser humano como parte de la tierra; la otra describe la tierra como parte del ser humano, es decir, como su propiedad.

Donde las dos miradas aciertan

Ver la tierra no como una cosa explotable sin fin, sino como parte de una red en la que estás metido: a eso mismo ha llegado la ecología moderna después de acumular miles de datos. Los lakota lo vivieron durante milenios, no como teoría sino como forma de vida. Buena parte de lo que hoy llamamos “sostenibilidad” no es más que un parentesco que ellos daban por sabido desde el principio.

Esa intuición resuena hoy en un lugar inesperado: los libros de derecho. El río Whanganui en Nueva Zelanda, el Ganges en la India y el río Magpie en Quebec han obtenido personalidad jurídica. Es decir, esos ríos ya no son un “qué”, sino un “quién”: fluir, no ser contaminados, sostener su ecosistema son derechos que pueden defenderse ante un tribunal.

El giro tiene raíces andinas más antiguas de lo que parece. La Constitución ecuatoriana de 2008 reconoció derechos propios a la naturaleza y la nombró Pachamama; Bolivia aprobó poco después su ley de la Madre Tierra. Detrás de ambos textos late el sumak kawsay, el buen vivir: la idea de que la vida buena no consiste en acumular sobre el territorio, sino en sostener el equilibrio con él. Mientras Locke llamaba a la tierra “un objeto que hay que trabajar”, el derecho contemporáneo vuelve en silencio al idioma de los lakota: hay seres que no existen para ser poseídos, sino para entrar en relación con ellos.

Ahora bien, sobre lo que no es de nadie cualquiera puede reclamar. El enfoque occidental quizá fue una necesidad frente a una población mundial creciente. El derecho de propiedad eliminó la incertidumbre: quién tiene qué, qué contrato vale. Sin esa claridad no se habrían construido la agricultura a gran escala, las ciudades ni las infraestructuras. Sin la garantía de la propiedad individual tampoco existirían el crédito, la financiación de la vivienda ni la inversión a largo plazo.

Puede que el futuro esté en unir las dos miradas: la seguridad y el orden que aportó Occidente junto con el respeto a la tierra de las tradiciones originarias. Porque proteger el suelo y a la vez vivir con justicia sobre él solo es posible si dejamos de verlo tanto como pura propiedad como tabú intocable.

Escrito por S.K.C. en Viena, el 13 de mayo de 2026.
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